22 de noviembre de 2013

LA MUJER QUE MATÓ A JACK EL DESTRIPADOR

  

  Hace un tiempo que llevo interesándome por los crímenes sucedidos en Londres en 1888. Cuando empiezas a investigar tienes por ciertas unas cuantas cosas, pero a medida que vas avanzando irremediablemente te sumerges en un mar de sospechas, dudas, verdades a medias, mentiras o meras leyendas. Uno de los objetivos de los que investigan los crímenes de Jack el Destripador es averiguar quién se esconde detrás del apodo. Otro de esos objetivos, igual de importante a mi modo de ver, es el averiguar por qué dejó de matar de forma tan repentina. ¿Por qué? Porque si conocemos la razón de este “cese” en su actividad podremos tener una idea de quién pudo ser o al menos nos ayudaría a descartar sospechosos.  Hay presuntos investigadores que repentinamente se sacan teorías de la manga, cual prestidigitadores criminalistas, acerca de la autoría de los crímenes de Whitechapel: que si fue una mujer, que si fue un pintor (no sólo Sickert, también Van Gogh es sospechoso), que si fue un doctor...prácticamente cualquier persona de la época es susceptible de ser Jack el Destripador. Y aquí les traigo una de esas teorías, una de mis favoritas, ya que en ella interviene una mujer, asesina para unos y una posible heroína para otros (pudo haber salvado a muchas prostitutas del East End), pero también porque, de un plumazo, nos resuelve las dos incógnitas: quién fue y por qué dejó de matar. Les presento a Florence Elizabeth Maybrick.
Florence Maybrick

   En 1881 Florence, una joven estadounidense de 19 años, estaba realizando un viaje en barco con su madre. En dicho viaje conoció a un rico comerciante algodonero inglés, James Maybrick, que tenía 23 años más que ella. Al parecer, ambos se enamoraron y poco después se casaron, trasladándose a vivir a Liverpool. La pareja tuvo dos hijos.
   Florence era una auténtica belleza sureña, amante de la diversión y el lujo. Pero, como todo lo bueno, eso no podía durar siempre y la encantadora Florie se dio de bruces con la realidad: el bolsillo de su esposo estaba menguando. James tuvo que confesar a su esposa que estaban atravesando graves problemas económicos y que debía cambiar su modo de vida, algo a lo que ella se resistía. Eso ocurrió en 1887, sin duda un mal año para la joven Florence, ya que, no sólo la economía familiar era frágil, sino también la salud de su hijo, James.
   Sí, aquel fatídico 1887 cambiaría la vida de la joven. Se enteró que su esposo era adicto a las drogas y a las mujeres. El viciosillo James solía consumir arsénico y estricnina, entre otros “polvillos mágicos” (algo  habitual en la época victoriana, pues pequeñas cantidades de estas sustancias eran usadas como tónicos o afrodisiacos, incluso las mujeres solían usarlas para que sus esposos las dejaran en paz). Por si esto fuera poco, James además tenía una amante desde hacía unos 20 años, es decir, desde mucho antes de casarse con Florie, y le pasaba una pensión. Esto último le enfureció de tal forma, que no sólo decidió dormir en un dormitorio distinto al de su esposo, sino que además pensó en pagarle con la misma moneda.
   Florence se buscó un joven amante, llamado Alfred Brierley, otro comerciante de algodón. Con él pasó la noche en un hotel...y su marido se enteró de todo. Al parecer ésta no era una mujer que destacara por su inteligencia, a no ser que quisiera ser pillada. El hecho es que la pareja tuvo una tremenda discusión y Florence terminó con el ojo morado y sin amante, pues la pareja terminó reconciliándose.
James Maybrick

   En abril de 1889 a Florence se le ocurrió la feliz idea de comprar papel atrapamoscas y extraer el arsénico que lo empapaba, pero sólo para confeccionar con él una crema facial con la que eliminar los granitos de su hermoso rostro. Todo muy inocente. Por supuesto esto no tuvo nada que ver con el repentino malestar de su esposo, ni con los dolores gastrointestinales que llegaron después.
   A principios de mayo, James Maybrick estaba cada vez peor. Pero, por suerte, contaba con su amante esposa que le cuidaba día y noche. Una lástima que la desconfiada enfermera de su esposo sospechara que lo estaba envenenando y fuera corriendo a contarlo a una amiga de sus cuñados. Por supuesto, éstos no tardaron mucho en presentarse en la casa y alejar a Florence de su hermano. Sólo las enfermeras tendían acceso al enfermo y ella tenía prohibido darle de comer o beber. El 9 de mayo se analizaron la orina y las heces de James Maybrick, pero no se encontró rastro de veneno.
A James se le administraba una especie de medicamento o complejo vitamínico de la época llamado Valentine’s Meat Juice. Una noche, Florence entró en la habitación de su esposo y discretamente empezó a manipular esta medicina, algo un poco arriesgado, teniendo en cuenta que sabía que sus cuñados sospechaban de ella y que la enfermera había rehusado el dejarla a solas con el enfermo. El hecho es que el medicamento fue analizado y contenía medio grano de arsénico (dos granos sirven para matar a una persona). Según ella, James se lo había pedido.

   El tiempo fue pasando y James no mejoraba, mientras que pequeños incidentes hacían que las sospechas recayeran cada vez con más fuerza sobre Florie. Llegó un momento en que los hermanos de James decidieron registrar la casa en busca de venenos que pudieran ser usados por la mujer para ir aniquilando a su marido. Se dice que, en distintos recipientes, pudieron encontrar suficiente veneno para matar a unas cincuenta personas.
   El 11 de mayo de 1889 el cuerpo de James Maybrick no resistió más, su corazón, agotado, dejó de latir. El informe forense dictaminó que había rastro de veneno, aunque al parecer no había tanta cantidad como para considerar que fuera el causante de la muerte. No importaba mucho, ya que los hermanos Maybrick ya tenían una culpable.
   El 14 de mayo Florence era detenida como sospechosa de la muerte de su esposo. El 31 de julio comenzaba su juicio. Se le acusaba de asesinato con premeditación. Su abogado recalcó que no había quedado probado que el arsénico encontrado en el cuerpo fuera suficiente para matar a James Maybrick y que era conocida su adicción al arsénico y a otras sustancias, algo que podía haberle hecho enfermar y morir. Para el defensor la confirmación de sus argumentos se encontraba en el hecho de que el veneno había sido hallado en estómago y riñones, pero no en el corazón ni en la sangre.

Artículo sobre el juicio de Florence en The Echo on Monday
del 5 de agosto de 1889
    El 7 de agosto se dictó sentencia: fue declarada culpable del asesinato de James Maybrick y  condenada a morir en la horca.
   Sin embargo ocurrió algo inesperado, se desarrolló una campaña en contra de la ejecución de Florence, que consiguió una conmutación de la pena por  cadena perpetua. Pero resultó que Florie en el fondo era una chica afortunada y fue liberada en el año 1904. Sin pensárselo dos veces volvió a Estados Unidos y de allí no volvió salir, salvo para realizar su último viaje junto a la Parca, un 23 de octubre de 1941. Florence terminó sus días en la miseria, pero, al parecer, entre sus cosas aún conservaba un papel que explicaba cómo usar el arsénico del papel atrapamoscas como cosmético.
   Pero ¿qué tiene que ver esto con Jack el Destripador? En principio nada, pero en 1992 surgió la relación entre ambos personajes, Florence y Jack. En ese año un hombre llamado Michael Barrett apareció con una auténtica joya entre sus manos: el diario de Jack el Destripador, escrito de puño y letra por el asesino, que resultó ser...¡JAMES MAYBRICK!. En el diario se describían pormenorizadamente los crímenes, el placer sentido al cometerlos, había burlas hacia la policía y su ineptitud e incluso el cómo había surgido el nombre de Jack (las dos primeras letras del nombre y las dos últimas del apellido). En 1993 el diario fue publicado. Sin embargo muy pocos lo consideran como una prueba válida, más bien al contrario, en seguida se tachó el documento como una falsificación. Finalmente, Michael Barrett confesó que era falso...aunque después se retractó de esta confesión, así que nos hemos quedado como al principio. En cualquier caso resultaría paradójico que una mujer, una joven cansada de su vida matrimonial, fuera la responsable de que el sádico Jack abandonara sus crueles aficiones. ¿Fue Florence una asesina, una víctima del sistema o una heroína?...
   Un último apunte: sinceramente, yo no creo que James Maybrick fuera Jack el Destripador, así como tampoco creo que lo fuera el Dr. Gull o el Príncipe Eddy...pero estas teorías son tan novelescas y sugerentes que se hace difícil hacerle caso a la razón y la lógica. 

Papel atrapamoscas, muy útil para deshacerte de los insectos
molestos...y de las moscas también
                                                                                          
 Sara H. Bethencourt

Fuentes:
Jesús Palacios: "Psychokillers",Temas de Hoy, 1998

1 de noviembre de 2013

ESTO ES...SAMHAIN

    

     Los celtas dividían el año en dos partes de 6 meses cada una: una mitad oscura y la otra luminosa. El Año Nuevo empezaba con el fin del tiempo de la cosecha. Era el inicio de la estación oscura, en que la noche le roba horas al día: era Samhain.


 Samhaín (que significa "final del verano") se celebraba a finales de octubre y principios de noviembre, el momento más adecuado para disfrutar del último banquete antes del invierno y de unas buenas historias de dioses y héroes.
   En esta festividad, al igual que en la que marca el inicio de la mitad luminosa del año, Beltane (el uno de mayo), el fuego era fundamental, así, en Irlanda, se encendía en la víspera un fuego nuevo a partir de cuyas llamas se iniciarían los demás. Pero Samhain no sólo era una fiesta del fuego, era el momento del año en que las fronteras entre el mundo mortal y el de los espíritus se volvían menos nítidas y las normas que regían ambos mundos quedaban en suspenso. Los muertos podían caminar entre los vivos,
reunirse con sus familiares, pero las puertas se abrían en ambos sentidos, así pues los vivos debían tener cuidado de no acabar en el otro lado, donde tendrían que  permanecer hasta el próximo Samhain. Por supuesto, no todos los que volvían eran visitantes deseados, por eso se intentaban alejar de las casas tapando las chimeneas o colocando comida fuera del hogar.

    Los muertos no eran los únicos que salían a disfrutar en esta noche tan especial, también era el momento en que hadas y duendes podían deambular por ahí sin restricciones. Abrían sin pudor sus túmulos (sidh) a los humanos, dándoles la oportunidad de vivir aventuras maravillosas...aunque a veces no fuera ése su deseo. Y es que  las hadas eran bastante aficionadas a secuestrar mortales, por eso aquéllos que habían perdido a un ser querido por el capricho de un hada debían estar pendientes, porque éste era el momento de recuperarle, siempre que no hubiera pasado más de un año y medio desde su desaparición, éste es el límite para traerlo a nuestro mundo, si pasara más tiempo en el sidh podría convertirse en polvo al volver.
La persona que deseaba arrebatar a un cautivo de las garras de las hadas debía esperar pacientemente a que la procesión féerica pasara por un cruce o bien debía procurar deshacer un corro de hadas con un cuchillo de hierro, haciendo que huyeran despavoridas dejando al pobre prisionero atrás.
    Esto era Samhain, al menos hasta que llegó la Iglesia y lo cristianizó, convirtiéndose en la Fiesta de Todos los Santos. Pero detrás del aroma a incienso y de las cruces, se huele el bosque, se vislumbra el altar pagano, y se siente el miedo y la excitación ante lo desconocido.
   En esta noche en que las puertas se abren, en que un espíritu vigila nuestros sueños y un duende con aviesas intenciones se esconde debajo de la cama esperando tener uno de nuestros tobillos a mano, no me queda más que desearles que Samhain les sea propicio y que permanezcan en nuestro mundo...el mortal, claro.



Sara H. Bethencourt

Fuentes:

  • Juliette Wood: "El libro celta de la vida y la muerte", Duncan Baird Publishers, 2000  (en España publicado por Círculo de Lectores)
  • Sira García Casado: "Los celtas, un pueblo de leyenda", Ediciones Temas de Hoy, 1995.
  • http://es.wikipedia.org/wiki/Samhain

23 de octubre de 2013

LECCIONES

Texto e ilustraciones : Ramón Dávila.


Había surgido de la niebla.
Había surgido de la niebla igual que los seres que pueblan la imaginación, como las cosas que transcienden su propio significado.
Había surgido de la niebla y con su dentellada había marcado para siempre su vida.
Un remolino fugaz, un destello de sus hermosos ojos, un relámpago al amanecer, un silbido escapando entre el brillo de sus caninos, y su antiguo mundo quedó deshecho, borrado para siempre.
Había surgido de la niebla, al despuntar el alba, y las primeras luces de aquel día serían, desde ese preciso instante, el principio de su nueva existencia, de su particular renacer.

Así la recordaba, una imagen nítida en su memoria.

       Andrés la miró y rememoró, como siempre hacía, aquella primera vez que la viera. Aunque ahora mantuviera su forma humana, seguía conservando esa energía animal que se deprendía del elegante fluir de sus movimientos, de cada uno de sus gestos. Permanecía pensativa, meditando mientras caminaba entre las piedras, con esa habilidad increíble para no hacer ningún ruido en absoluto, como una aparición etérea. Parecía ajena a cuanto la rodeaba, profundamente concentrada, buscando una respuesta a algún dilema.
     La contempló como lo había hecho otras veces, intentando aprender, comprender lo que hacía y la motivación de sus acciones. Le había regalado un increíble don, pero también una particular maldición, una fuerza que crecía en su interior día a día y que en la mayor parte de las ocasiones le resultaba imposible controlar.
   Alba miraba hacia el infinito, oteaba el horizonte, con sus profundos ojos verdes escrutadores dirigidos hacia el valle que se extendía bajo la colina en la que se encontraban. El Sol destellaba sobre su cabello canela y su piel cobriza creando sobre ella reflejos que la dotaban de cierta aura de irrealidad. Andrés pensó en ese instante que la naturaleza entera parecía confabularse de continuo para que en cualquier circunstancia Alba pareciera un ser sobrenatural. Ese pensamiento le hizo sonreír por un instante, como si ser una mujer-lobo no fuera suficientemente sobrenatural.
    Sin embargo el alivio sobre sus tribulaciones fue breve, demasiado breve: volvió a perderse entre esas emociones que crecían, devoradoras, en algún lugar perdido en el interior de su mente.
      -¿Qué te preocupa?- inquirió Alba sin dejar de mirar hacia el horizonte, pareciendo adivinar los pensamientos de Andrés.
         -Pregunta más bien lo que no me preocupa.
        -¡Oh! Pobrecito. ¿El cachorro está triste?
        -Te burlas de mí.
        -Obviamente. Me gustaría que dejaras de quejarte en algún momento.
        -Tengo miedo- dijo Andrés dejando que las palabras cayeran pesadas.
        -Lo he notado, todo tú apestas a él.
         -¿Apesto?
        -Sí,... horriblemente.
       Andrés se quedó un momento en silencio, con cierta sensación de vergüenza: ¿de verdad podía apestarse de miedo? ¿Cómo se evitaba algo así?
       -¿Vas a contarme de una vez lo que te pasa? ¿Qué es eso que tanto temes?- Alba giró la cabeza y dirigió una mirada inquisitiva y burlona hacia él.
      -¿No es evidente? Temo a esto que me está pasando, esto que crece dentro de mí. Esta maldición que me has transmitido.
        -¿Maldición?- repitió con tono de sorpresa.
        -¿Cómo lo llamarías tú?
        -Pues de casi cualquier otra manera, pero desde luego no lo llamaría maldición.
        -¡Oh, vamos!- exclamó Andrés algo ofendido.
       -En serio- prosiguió ella-¿dónde ves la maldición?¿en la fuerza?¿en el poder?¿
     -¡En esta rabia que crece y me desagarra!- estalló Andrés.- ¡Esta furia!- prosiguió.- Hay momentos en los que todo parece teñirse de rojo en mi mente, anhelo la sangre, y la ira me consume,... parece que quisiera matar cuanto me rodea, aplastar cada cosa que se mueve a mi alrededor.
       -¿Y qué esperas que te diga?
       -¡Quiero que me digas cómo controlarlo, cómo pararlo! Tú me mordiste, tú me condenaste a esto. Dime como sujeto la naturaleza del lobo que me abrasa hasta en mi forma humana. ¡Por Dios! No sé cómo no he matado ya a un centenar de personas.
         -Siempre me sorprendes.
         -¿Por qué?-preguntó Andrés, que durante un instante pensó que iba a recibir un halago.
      -Cuando pienso que no puedes ser más tonto me demuestras que constantemente te superas a ti  mismo.
          Andrés agachó la cabeza inundado por un sentimiento de humillación que al instante se convirtió en rabia. La chispa había saltado y el incendio en su mente y en su espíritu se propagó como un fuego de verano sobre suelo seco. Sus sienes empezaron a retumbar, como tambores tribales en feroz llamada. Su cuerpo entero se tensionó hasta el extremo, amenazando quebrarse sobre sus propios huesos. El calor se extendió desde la base de su columna, como una oleada, como viento en la tormenta, cubriendo en un segundo cada célula de su organismo. Era el aviso, el anuncio del cambio. Su visión se amplificó, su oído recorrió cada rincón en kilómetros a la redonda, dando como resultado un dolor sólido en su cerebro que multiplicó la rabia hasta límites imposibles. Sin en aquel instante hubiera tenido el poder para hacerlo, hubiera destruido el universo y toda la creación.
           Fue entonces, sin previo aviso, que sintió un aguijonazo de dolor en su cuello, sintiendo como el aire se le cortaba, asfixiándole en apenas un segundo. Alba, se había movido como una exhalación convirtiéndose en una mancha imperceptible, y ahora, le sujetaba por la garganta con su mano como si fuera una tenaza de acero. Andrés intentó revolverse, lanzando sus manos contra la cara de Alba, pero ella le alzó provocando el crujido de las vértebras cervicales y luego le proyectó contra el duro suelo de roca haciendo retumbar todo su cuerpo en un lamentable quejido. De nuevo intentó revolverse, sobreponerse al dolor. Pero Alba cortó por completo el flujo de aire hasta que finalmente, casi asfixiado, Andrés perdió el conocimiento dejando de forcejear.
           Sólo un tiempo después, recuperó la consciencia y volvió a su ser. De nuevo ella oteaba el horizonte a la espera de una señal.
            -Lo siento- dijo él primero.
           Ella le miró en respuesta, pero no articuló palabra alguna.
       Agachó la cabeza, impotente, tan cargado de dudas, de desesperación, que cualquier posible opción le resultaba sólo una sombra dentro de la propia oscuridad que sentía extenderse a su alrededor.
         -Esa rabia que sientes- comenzó a hablar entonces Alba- ¿por qué piensas que proviene de la naturaleza del lobo?
    Él se sorprendió, tanto por la pregunta como por el tono que usaba ella, una voz desconocida que parecía indicar que al fin estaba dispuesta a responder a todas las preguntas que le asaltaban.
       -¿Qué otra cosa puede ser si no? Nunca antes había sentido esta violencia, esta furia incontenible.
          -¿Seguro? ¿Eso es verdad? Profundiza en tus emociones, en tus recuerdos.
      Andrés permaneció callado por un instante, con la visión de su autopercepción vuelta hacia el pasado, explorando en su memoria toda una vida que volvía a suceder en unos pocos segundos.
      -No entiendo bien lo que quieres decirme- dijo al fin, confundido entre sus propios pensamientos desorganizados.
          -Lo que quiero decirte es que debes afrontar la verdad que se presenta a todo hombre y mujer lobo, a todo metamorfo, a todo ser humano que despierta repentinamente a un nuevo estado más poderoso, sobrenatural. Esa verdad es que la rabia, la furia, la violencia, el ansia incontenible de matar, no proviene de la nueva naturaleza, en nuestro caso la del lobo, por el contrario, el incontrolable impulso destructor reside en su lado humano.
        -¿Cómo?
       -La rabia y la furia, son expresiones de la frustración, del miedo y de la impotencia sentida cada vez que te has visto a ti mismo como un ser débil o aplastado. Eso siempre permanece, aunque pienses que termina por desaparecer, queda contenido y reprimido, y ahora, simplemente, el poder lo hace brotar. Es tu lado humano el que te empuja a matar, no la naturaleza del lobo.
      -Es ... es... imposible.
     -No. Esa es la verdad, cuanto más rápido aceptes tu nueva naturaleza, antes desaparecerá la furia en tú interior. Es tu lucha por aferrarte al lado humano lo que te produce esa ira, que no es nada más que la pataleta suprema de un niño rompiendo sus juguetes. Acepta la fuerza, el poder, y la calma llegará por sí misma. Dile adiós a tu pasado y la frustración de todo ese tiempo se disipará como la niebla ante un Sol brillante.
       Andrés intentó calmar su mente, que procesaba aquellas palabras como fuego abrasador, viendo en ellas una verdad tan cruda que dolía.
      -Tu mundo se expande a cada segundo que pasa. Cada minuto que exploras lo que te rodea con tus nuevos sentidos tu conocimiento crece, con el conocimiento crece tu poder, con tu poder desaparece todo temor. Cuanto menos luches contra ese proceso, más fácil será.

    Andrés caminó hasta donde estaba Alba e intentó mirar y ver como ella lo hacía, comprender sin más, sin esfuerzo. Empezaba a darse cuenta de que en su desesperación por no ahogarse, se había agarrado a una roca que se hundía, y por tanto, que para sobrevivir, para salir a flote, simplemente tenía que soltarse, no hacer nada y dejarse llevar.

        Un aullido sonó entonces en la lejanía, una señal y un aviso, con la tonalidad y el juego de notas al final que indicaban quién lo lanzaba. Alba corrió ladera abajo y él la siguió sin saber a qué extraña aventura le conduciría en esta ocasión.

            Ramón Daninsky.
 
                                                                                                     Ramón Dávila.
                                        

21 de octubre de 2013

EL ASESINO DE GILGO BEACH

  

      “Están intentando matarme” (“They’re trying to kill me”).

    Estoy convencida de que la mayoría de nosotros hemos visto alguna vez una película o serie de “investigación criminal”. Quién no recuerda a Grissom y a su equipo en “C.S.I. Las Vegas”, capaces de recoger pruebas en la escena del crimen, realizar los análisis y comprobaciones pertinentes (ellos mismos, sin necesidad de llamar a especialistas de ningún tipo), encontrar al culpable y detenerlo en cuestión de unos pocos días. Si es que dan ganas de decir: “Si me matan que sea en Las Vegas, que con esta gente tan eficiente lo pillan seguro”. Por desgracia la realidad no es así, no es tan fácil detener a un asesino, ni siquiera con el famoso perfil del FBI, que en realidad es un método que sirve más para descartar sospechosos que para atrapar al culpable. Y es que a veces se tarda años y años en hacer justicia...o, simplemente, ésta no llega nunca. Quizá el caso de “El asesino de Gilgo” se convierta en uno de éstos, esperemos que no.

     Shannan Gilbert, una joven de 24 años de New Jersey, se dirigía con su acompañante, Michael Park, a una cita en Oak Beach (Long Island, Nueva York). Pese a su juventud, Shannan era prostituta y la cita que tenía era con un cliente que había contactado con ella a través de una página de internet de anuncios clasificados, Craiglist. Sin embargo la cosa no fue como ella esperaba. A las 4:51 del 1 de mayo del 2010, en el 911 se recibe la llamada de una mujer desesperada, aterrorizada, que entre otras cosas dice que están intentando matarla. El operador le pregunta dónde está, pero ella es incapaz de contestar con coherencia, sólo dice que alguien está detrás de ella (“There’s someone after me”). Parece ser que esta llamada se efectuó desde la casa del propio  cliente, Joseph Brewer, y se piensa que él simplemente estaba intentando que se marchara. No se sabe bien por qué razón, ella empieza a gritar y se dirige a casa de un vecino en busca de ayuda, todo lo cual es oído por el operador del 911. 
Shannan Gilbert

    A las cinco de la mañana, Gus Coletti, un investigador de fraudes de seguros ya retirado, oye los golpes que Shannan da a su puerta. Coletti la deja entrar y trata de calmarla mientras llama él también al 911. Le dice que se siente, que la policía está al llegar, pero ella no atiende a razones y  se marcha. Entonces es cuando Coletti se da cuenta de la presencia de un hombre asiático de unos 30 años, que desde su coche parece estar buscándola. Era Michael Park. Shannan intenta esconderse de él, pero es descubierta y, cuando sale corriendo, Park la persigue.
    La policía recibiría una llamada más esa noche, la de otra vecina, Barbara Brennan, a la que la joven también había pedido ayuda. Eran las 5:21, pero los agentes no llegan hasta las 5:40, demasiado tarde, Shannan ya ha desaparecido.
    Un dato curioso: los agentes no acudieron por la llamada de Shannan, sino por las  de los vecinos, pues la que ella realizó fue derivada a la policía de Nueva York, ya que no pudo decir dónde se encontraba.
    A partir de este momento empieza la búsqueda de Shannan.
    En diciembre del 2010 Shannan Gilbert aún no había aparecido, ni viva ni muerta. Y es en este momento cuando la investigación da un giro completamente inesperado. En diciembre encuentran un saco de arpillera, prácticamente destrozado, que intentaba ocultar el cuerpo descompuesto de una mujer. Unos días después a este macabro hallazgo se suman tres cadáveres más, cada uno en su saco. Todos fueron encontrados en el área de Ocean Parkway.
      Pronto se pensó  que un asesino en serie actuaba en la zona, recibiendo el nombre de “El asesino de Gilgo”, ya que los cuerpos aparecieron cerca de Gilgo Beach, en Long Island, un lugar muy frecuentado por los neoyorquinos en verano. Había demasiados elementos que llevaban a pensar que un solo sujeto o “unsub” (“unknown subject” –sujeto desconocido-) era el autor de estos crímenes y no varios. Algunos de estos elementos eran: las edades de las chicas, la zona en que se encontraron, el hecho de que hubiera usado sacos de arpillera y, sobre todo, que todas se habían anunciado en Craiglist, al igual que Shannan, como chicas de compañía. Además, todas habían sido estranguladas.

        Se pudo identificar los cuerpos encontrados. Eran los de:
  • ·          Maureen Brainard-Barnes: 25 años, de Norwich, Connecticut. Fue vista por última vez el 12 de julio de 2007, cuando le dijo a su familia que iba a pasar el día en NY.
  • ·         Melissa Barthelemy: 24 años, de Erie County, NY. Desapareció el 11 de julio del 2009. La noche de su desaparición se había encontrado con un cliente y después hizo un depósito en su cuenta. Intentó llamar a su novio, pero no pudo contactar con él. Una semana después de su desaparición, Amanda, la hermana de Melissa, de tan sólo 16 años, empezó a recibir llamadas desde el móvil de la joven, pero no era ella, sino un hombre. Durante unas seis semanas recibió varias llamadas y mensajes de este hombre, posiblemente el asesino de su hermana. Siempre las hacía por la tarde y, en voz baja y con calma, se burlaba de ella y de Melissa: “¿Sabes lo que hace tu hermana? Es una puta” (“Do you know what your sister is doing? She’s a whore”). Las llamadas no duraban más de 3 minutos, evitando así ser localizado. Por esto la policía empezó a suponer que podía tratarse de alguien que conocía el procedimiento policial. En una ocasión se pudo localizar el lugar en que el móvil había sido encendido: Long Island. La familia de la adolescente estaba preocupada, porque pensaban que en alguna de las visitas que Amanda había realizado a su hermana, este hombre la había visto, y realmente parecía conocerla de alguna forma, porque la primera vez que llamó le preguntó si ella era la hermana pequeña de Melissa. Nunca llegó a decir si la joven desaparecida estaba viva o muerta y la comunicación no 
  • ·         Megan Waterman: 22 años, de South Portland, Maine. Desaparecida el 6 de junio de 2010. Fue a NY a encontrarse con un cliente y lo último que se sabe es que estuvo en el motel Huppauge, NY, a 15 millas de Gilgo Beach.
  • ·        Amber Lynn Costello: 27 años, de North Babylon, condado de Suffolk, NY, una pequeña población a 10 millas de Gilgo Beach. Al parecer era adicta a las drogas y varios clientes la habían acusado en un foro de internet de haberles robado. Desapareció el 2 de septiembre de 2010.

                 


        Ya en el año 2011, entre el 29 de marzo y el 4 de abril, con la entrada en el caso del F.B.I y el uso de mejores medios de búsqueda, se producen nuevos hallazgos, pero esta vez se trataba de restos desperdigados, no de cuerpos en sacos. La policía de Suffolk decidió expandir el área de búsqueda hasta el condado de Nassau. Los restos encontrados estaban a dos millas al este de los hallados en el 2010, considerándose que eran anteriores a aquéllos. Pertenecían a cuatro personas: dos mujeres, una niña (hija de una de las víctimas, de entre 16 y 23 meses, sin signos evidentes de traumatismo y envuelto en una manta) y un hombre.
    El 11 de abril, en Nassau, se encuentra una calavera y un conjunto parcial de restos, a una distancia aproximada de cinco millas de los encontrados en diciembre de 2010. El número de víctimas se eleva a 10.
    Una vez analizados, se comprueba que la calavera, las manos y un antebrazo encontrados el 29 de marzo pertenecían a Jessica Taylor, una prostituta de 20 años cuyo cuerpo desmembrado había aparecido en el año 2003, en Manorville, NY, a unas 45 millas de Gilgo Beach. Pero también se encontró correspondencia entre uno de estos conjuntos de restos y un caso anterior, esta vez se trataba de una calavera , el píe derecho y las manos, halladas el 4 de abril, que pertenecían al cuerpo de una mujer encontrado en el año 2000, en la misma zona en que apareció Jessica Taylor. Esta mujer recibió el nombre de “Jane Doe nº6”. La forma en que ambas mujeres fueron asesinadas no se parecía al modus operandi utilizado con las de Gilgo Beach, por lo que se pensó en la existencia de un segundo asesino, pero esta hipótesis es descartada en noviembre del 2011.



    En septiembre del 2011 se publica el retrato robot de dos de las víctimas no identificadas: una mujer caucásica de entre 18 y 35 años, la llamada “Jane Doe”, y un hombre asiático de entre 17 y 33 años (había recibido un fuerte golpe en la cabeza y se pensaba que llevaba muerto entre cinco y diez años, lo curioso es que llevaba ropas de mujer, por lo que se piensa que esto pudo hacer que el asesino se confundiera). También se muestran las joyas que llevaban la niña y su madre, de las que tampoco se conocía su identidad.
    Por fin, en diciembre de 2011 aparece el cuerpo de Shannan Gilbert, cuya desaparición originó el descubrimiento de esta serie de crímenes. Estaba en una zona pantanosa, a media milla del lugar en donde se le había visto por última vez. Sin embargo la policía, en contra de la opinión de su familia, no considera a Shannan como una víctima del “Asesino de Gilgo”, ya que se piensa que en su huida la joven tropezó y se ahogó. La autopsia determinó la muerte como “accidental o no concluyente”, así que aún cabe la posibilidad de que efectivamente sea una más en tan macabro listado.
  

PERFIL DEL ASESINO
  
   En abril de 2011 el F.B.I realiza el perfil del sospechoso. Hay que tener en cuenta que estos perfiles no son “mágicos”, no se da ni el nombre ni la dirección del sospechoso, pero es una forma de centrar la búsqueda y, sobre todo, de descartar. En definitiva, según el F.B.I se trataría de un hombre blanco, de entre 23 y 45 años, conocedor de la zona (posiblemente vive o trabaja ahí), con un coeficiente intelectual alto, con pareja, de buenos modales y manipulador. Tiene un coche grande o una furgoneta. Puede que por su trabajo tenga acceso a sacos de arpillera. Además, se cree que ha podido ser tratado en algún centro hospitalario por una infección causada por hiedra venenosa, abundante en el lugar en que los cuerpos fueron dejados.
    Se trataría de un asesino en serie organizado, es decir, que planea sus movimientos, evitando dejar nada al azar. Los asesinos de este tipo suelen vigilar a sus víctimas y seguir el curso de las investigaciones.
    Se barajó la posibilidad de que el sospechoso conociera las técnicas de investigación empleadas en este tipo de casos, por lo que podría ser o haber sido policía o miembro de servicios de emergencia. Sin embargo las autoridades han dejado claro que esto no es más que una especulación.
    Su motivación es sexual y se cree que ha podido matar entre 10 y 14 personas durante un período de unos 15 años.


OTRAS POSIBLES VÍCTIMAS


    El 17 de mayo de 2011 el NY Post publicó que la policía de Long Island estaba revisando al menos dos casos no resueltos de asesinatos de prostitutas que tenían ciertas similitudes con los de Gilgo Beach. La única víctima mencionada en el artículo era Tanya Rush (39 años) de Brooklyn, NY, cuyo cuerpo desmembrado fue encontrado en una maleta en junio de 2008 en la cuneta de la Southerm State Parkway en Bellmore, NY.
    El 18 de febrero de 2012, un hombre que paseaba con su perro en Manorwille, cerca de Wading River Rd. encontró una bolsa de plástico en cuyo interior había una sábana envolviendo huesos humanos. Oficialmente estos restos no han sido relacionados con los de Gilgo Beach. Lo mismo ocurrió el 23 de enero de 2013, sólo que en esta ocasión era una mujer la que paseaba al perro. Encontró un cadáver oculto entre la maleza, en Lattingtown. Se trata de una mujer de entre 20 y 30 años, posiblemente asiática. Llevaba un colgante que hacía referencia al Año del Cerdo chino. Se cree que pudo haber sido enterrada allí antes del Huracán Sandy, a finales de 2012, y, en este caso, sí se la relaciona con el Asesino de Gilgo.


SOSPECHOSOS

Joe Rifkin

   No es la primera vez que Long Island ve su costa salpicada de cadáveres. En 1993 era detenido Joe Rifkin, autor confeso de 17 crímenes, todas prostitutas. Se llegó a pensar que él también era el responsable de la muerte de las chicas a las que pertenecían el conjunto de restos más antiguo, pero en una entrevista que se le hizo en prisión en 2011 negó tal posibilidad. Al parecer sabía bien lo que había hecho y lo que no.
  

Lucius Crawford

     Hubo otro sospechoso. El 5 de diciembre de 2012 se detuvo a Lucius Crawford, que a sus 60 años había estado media vida en prisión por la comisión de delitos violentos contra mujeres. La policía había ido a su domicilio  porque se había reabierto la investigación sobre unos asesinatos y el ADN le vinculaba a ellos. Cuando llegaron a su casa, en Mount Vernon, NY, encontraron el cadáver de una mujer con nueve puñaladas en el pecho. Confesó haber matado a otras dos mujeres en 1993, una en el Bronx y otra en Yonkers, en NY. En los medios se dijo que era también sospechoso de los crímenes de Gilgo Beach, pero parece que esta posibilidad se ha quedado en nada.


La verdad es que es un buen sitio para ocultar algo


   Y esto es lo que he averiguado hasta el momento. Pero me gustaría terminar con una reflexión. A veces sólo hace falta una chispa para que se desencadene el infierno y tengo la sensación de que eso es precisamente lo que ha ocurrido en este caso. La desaparición de Shannan fue esa chispa, sin eso nadie hubiera encontrado a esas chicas, o quizá sí, pero quién sabe cuándo. Ella hizo que los engranajes se pusieran en marcha...tic-tic-tic...y no pararán hasta que aparezca ese depredador que permanece escondido, quizá acechando una nueva víctima.

2 de octubre de 2013

MEGERA


  Hacía seis meses que Meg se había quedado sin suegra. Realmente no le había importado mucho que la vieja se fuera al otro mundo. Pero murió como había vivido: jodiendo. El año anterior el marido de Meg había aparecido en su casa con la vieja bruja, sin consultarle nada, simplemente la había traído a vivir con ellos. Adoraba al ser que lo había amamantado, por eso no podía permitir que sus hermanos la quisieran meter en un asilo cuando se dieron cuenta que estaba senil. Nadie quería cargar con ella, pero ahí estaba el hermano pequeño, el consentido de mamá, que devolvería con creces el cariño que había recibido. La llevaría a su hogar para cuidarla...aunque en realidad la cuidadora iba a ser Meg.
    Con la llegada de la locura la mujer se había convertido en un ser aún más despreciable. Era habitual que se hiciera sus necesidades encima. Meg estaba convencida que lo hacía adrede, para que ella tuviera que limpiarla, aguantando las arcadas que le producía. Los insultos y desprecios hacia ella eran habituales, tanto por parte de su suegra como por parte del esposo. Se notaba quién le había criado. Se pasaba el día limpiando, cocinando, lavando y, de postre, noche de insomnio cuando a la bruja se le ocurría ponerse enferma, mientras su marido roncaba borracho perdido en la habitación de al lado. Meg aguantaba estoicamente, había sido criada en una familia muy conservadora, en la que era dogma el que la mujer debía soportar lo indecible por el bien de su familia. Sus padres estarían orgullosos de ella, porque, a pesar de los dolores de cabeza que estaba sufriendo últimamente, ella estaba ahí, afrontando las dificultades. Pero una bendita noche todo cambió. Su suegra se cayó por las escaleras y murió al romperse el cuello. Un accidente. Eso fue la conclusión de la policía. La mujer había bajado las escaleras de noche, a oscuras, y tropezó con su propio camisón, que tenía parte del dobladillo descosido. Maldita mujer, cabezota, cuántas veces le había dicho que la avisara para bajar, que algún día podía tener un accidente.
    El marido de Meg estaba destrozado. En el funeral lloró amargamente. Ella también lloró, pero en su interior sabía que sus lágrimas eran de alegría. Se sentía mal por estar contenta, pero no lo podía evitar. Al funeral fue, además de la familia, bastante gente. Meg estaba sorprendida ¿tantas personas querían a la bruja?. Según su hijo era normal, todos estaban allí por amor a una mujer tan excepcional. Ella no pensaba igual, se había fijado en todos y tenía sus propias conclusiones: habían ido cuatro amigas de la vieja, unas vecinas curiosas y el resto sólo quería asegurarse de que la alcahueta estaba bien muerta.
    Pasados unos pocos meses, lo que parecía una bendición se tornó en maldición. El marido de Meg, escudándose en el dolor y en la supuesta soledad que le causaba la muerte de su querida madre, no paraba de beber...de beber mucho. Llegaba borracho a casa casi todas las noches. Con un poco de suerte se tiraba directamente en el sofá o en la cama y dormía la borrachera. Pero a veces no era así y entonces su mujer se convertía en la diana de su odio. Ella soportaba los insultos, las amenazas...la solía culpar por la muerte de su madre, tenía que haber estado atenta, estúpida negligente. Después aguantó los golpes y las disculpas vacías. “Lo siento...perdóname...no volverá a ocurrir”. Y sí, le perdonaba siempre ¿no era eso lo que las esposas hacían?. Meg perdonaba, él le daba cariño unos días y después todo empezaba de nuevo, en una especie de bucle vicioso del que no había escapatoria.
    Fuera por los golpes, la infelicidad o el estrés, el hecho es que los dolores de cabeza volvieron. Al principio no eran más que jaquecas, siempre después de una discusión. Pero cada vez eran más fuertes. Meg se quedaba tirada durante horas en la cama, a oscuras, esperando que los analgésicos hicieran efecto. El dolor era insoportable, sentía cómo su cabeza palpitaba, sus nervios reaccionaban con cada latido y esto le producía más dolor. Los simples analgésicos ya no eran suficiente, necesitaba algo más fuerte, pero para eso era preciso una receta. Tendría que ir a ver a su médico, algo que había retrasado todo lo posible, ya que le avergonzaba que le viera los golpes, que le preguntara por ellos, que denunciara. Pero no podía aguantar más. Sus miedos eran infundados, el médico se limitó a recetarle unas pastillas para las migrañas. No le hizo muchas preguntas, no mandó que le practicasen pruebas para saber exactamente qué era lo que le pasaba a su paciente...era de la seguridad social y no tenía mucho tiempo para hacer exámenes profundos: ¿te duele la cabeza? Analgésicos ¿No puedes dormir? Somníferos. Con eso era suficiente.
    A pesar de lo que pudiera pensarse, las pastillas le iban muy bien. Acababan pronto con el dolor, permitiéndole seguir con su mala vida. Pero, como todo lo bueno, esto no iba a durar mucho. Una noche su marido llegó muy borracho, apestando a alcohol y con marcas de carmín en la camisa. Parecía una escena de una mala película. Era todo tan tópico... Meg hacía tiempo que pensaba que él le era infiel, pero nunca le había dicho nada, además, le resultaba más cómodo que fuera otra la que le aguantara en la cama. Sin embargo, una cosa era el pensarlo, el estar casi segura, y otra el que te lo restregaran por toda la cara. Y calló. No se le ocurrió nada mejor que eso: callar. Su cabeza no estaba dispuesta a hacer lo mismo. Hacía rato que estaban acostados, cuando Meg se despertó. Eran sólo la cuatro de la mañana...mierda, sólo hacía una hora y media que se había quedado dormida, superando el asco que le producía la mezcla de olores que la sabandija había traído consigo, una variada gama de fragancias que iba del sudor al alcohol, pasando por el tabaco, para terminar con un ligero toque de orina. Encima tenía el peor dolor de cabeza que había sentido en toda su vida. Sabía que en la mesita de noche tenía una tira de sus pastillas. Empezó a tantear sin encontrar lo que ansiaba, sólo consiguió tirar el móvil. Aguantó la respiración...no, la babosa seguía dormida. Siguió buscando. Nada. Joder, tenía que estar ahí, por qué no la encontraba. No le quedaba otra...tenía que encender la luz, arriesgarse a que él se despertara. Y eso fue lo que hizo, encender la luz...el cerdo gruñó...siguió buscando, el dolor le impedía calmarse y estaba haciendo mucho ruido al abrir y rebuscar en el cajón...el cerdo se agitó y volvió a gruñir. Y las pastillas seguían sin aparecer, así que Meg se intentó levantar, lo más silenciosa y lentamente posible, para ir a buscarlas al botiquín que guardaba en el baño, no podían estar en otro sitio. Pero él se despertó y le dio una bofetada. A pesar de la borrachera fue tan rápido que no le dio tiempo a protegerse.
      - Como sigas molestando te llevarás otra. ¿Lo has entendido?



    Meg asintió. Sí, lo había entendido...por fin lo había entendido. Apagó la luz y salió de la habitación. No fue al baño, sino a la cocina. Parecía estar en trance, pero sabía lo que buscaba, no era el cuchillo más grande, pero sí el más afilado. Volvió al dormitorio, del que salían los ronquidos de su marido, se había vuelto a quedar dormido. Mejor. Se acercó al cuerpo acostado en la cama...y lo degolló. Él abrió los ojos, Meg no sabía que los ojos de su marido pudieran abrirse tanto, eso le hizo gracia y se rio un poco, como una niña que ha hecho una travesura. La sangre salía a borbotones, salpicándolo todo. Lo único que hacía él era llevarse las manos al cuello, en un vano intento de detener el torrente, ella había dejado de existir. No podía gritar, ni hablar, sólo salía de él un sonido burbujeante. Eso le facilitaba las cosas, no le hubiese gustado nada alterar el descanso de sus vecinos. Meg, aburrida del baile patético de su esposo, decidió ponerle fin, asestándole 36 puñaladas, una detrás de otra. Ahora la tatuada piel del hombre le parecía más bella. Lo dejó ahí, desangrándose en el dormitorio. Se fue al baño, se lavó las manos y la cara. Se quitó el camisón, otrora blanco y ahora carmesí, y lo tiró a la basura, ya no servía, las manchas de sangre eran muy difíciles de quitar. Desnuda, volvió a la habitación, donde el cuerpo ya sin vida del marido yacía en el suelo. Quitó las sábanas manchadas, le dio la vuelta al colchón anegado de sangre (por suerte la sangre no había tenido suficiente tiempo de filtrase y la otra cara estaba limpia), puso sábanas limpias y se acostó. Por la mañana tendría que limpiar mucho y sacar la basura...pero antes había que descansar. Ya no le dolía la cabeza y se quedó dormida enseguida. Nunca se había sentido tan tranquila y relajada...salvo aquella otra noche en la que mató a su suegra...y el mundo se lo agradeció.

S.H.B